En este concurso no hay ganadores

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Los concursos de bandas. ¡Oh, aquel reclamo embelesador de pueriles mentes inexpertas! Es tan fácil aprovecharse del que siente la desesperación por ser conocido, que no puedes hacer otra cosa que, consternado, verlo con tristeza. Porque es una situación que nunca va a cambiar; el grupo novel no tiene ningún público y los concursos los reúnen para, además de hacer caja, ofrecerle la oportunidad de su vida. O, al menos, así te lo venden.

El calendario musical está repleto de concursos: patrocinados por marcas como Red Bull, Nivea o Heineken; salas que tratan de impulsar su presencia, como Silikona, Caracol o Siroco; festivales que complementan sus carteles con este tipo de proyectos, FestiMad o FIB entre ellos; y otros tantos y tantos, y cientos y cientos que existen al lado de nuestra casa. Y después están los que exclusivamente se dedican a la promoción de estos concursos, de entre los cuales cabe destacar Emergenza y Wolfest.

Otros concursos son organizados por entidades públicas, como los Premios Rock Villa de Madrid, organizados por el Ayuntamiento de la ciudad.

El festival Emergenza es uno de los concursos internacionales de mayor fama, también uno de los pocos donde el músico debe pagar para tocar. Por la módica cifra de 60 euros, el artista recibe un mínimo de actuaciones (una, si no pasas más rondas, ese es el respetable y publicitado mínimo), parches de batería, cuerdas y demás (cuando te los dan) y un concierto en alguna sala de renombre, en la cual tienes que tirar de agenda telefónica si quieres pasar de ronda, pues el voto es a mano alzada, uno de los mejores métodos de manipular… perdón, obtener un resultado. Luego te tratan bien, así que oye, amigo músico, has pagado 60 € por ser tratado amablemente, no te quejes.

Esta manera de contabilizar votos es una de las más usadas. Así se impone a los grupos llevar al máximo posible de amigos, conocidos, familiares y enemigos a la sala, en la cual cobran una entrada de entre 6 y los 10 euros en taquilla que costaba el antiguo concurso de la Sala Caracol, ahora maquillado como Impulso Caracol, un concurso de incógnito. De este dinero el grupo no ve un solo euro, cuando no es que directamente has pagado la cuota impuesta. Los bolsillos de la sala y el organizador rebosan, mientras el músico acaba sin amigos de insistir tantas veces en que paguen cada semana por verles tocar. Otros, como el Gruta 77, ofrecen los conciertos de manera gratuita, pero de los famosos jurados no se libra ninguno.

El jurado estará formado por profesionales del sector, periodistas y músicos”. Si no dicen nunca el nombre, por algo será. Estos jueces y señores de la toma de decisiones no son siempre tan “profesionales” como se les denomina. Cuando no es porque directamente son inexistentes, su juicio a veces se rige más por términos estéticos que musicales. Quizás iban a una pasarela de moda y se equivocaron de lugar; no son expertos en música, son expertos en ventas y no es de lo que trata un concurso. Pero entonces apareció Wolfest y todas las patrañas vividas parecían besos y caricias.

La presentación del concurso siempre ha sido “Un concurso de músicos para músicos”. Músicos que habían tenido que participar en estos festivales del abuso y sabían lo que era experimentarlo en sus propias carnes. Luego se les dio el cetro de poder y les corrompió como a ningún otro, quizás echando la rabia de las injusticias vividas, quizás por puro despotismo contenido. Te prometen al menos un concierto en salas como la antaño Heineken o Joy, premios económicos, musicales, de promoción, añadido a esto, la grabación en audio y en vídeo de tu concierto, más fotos en alta definición. ¡¿Dónde me apunto?! Pues mejor apúntate al paro. De la grabación prometida olvídate, y no pienses en que te lo compensarán. En su primera edición se contaban los votos a través de los decibelios que conseguías sacar de toda la sala gritando. Original, medido, los números no engañan, pero las personas sí y en este concurso más de lo habitual. Un par de pajaritos, que formaron parte de aquel jurado, me comentaron ciertas triquiñuelas nada honestas que se llevaban a cabo. Que si una banda tenía más privilegios por ser del hijo de un miembro del jurado -con una prueba de sonido de dos horas, cuatro veces más que el resto, y montaje visual al que los demás no tenían acceso-, que si algunos miembros tienen un voto dictatorial que fulmina al resto, que si no se tenían en cuenta los datos de las votaciones cuando no interesaba; de músicos para músicos… una broma retorcida.

He de otorgarles el reconocimiento de que en el trato sí son excepcionales, al igual que los festines romanos terminaban con un emperador envenenado, babeando sin vida sobre la mesa.

Mi conclusión para tí, amigo músico que estás empezando ahora, no te inscribas en un concurso, te lo digo por experiencia. Prueba uno, dos quizás, elige bien dónde, pero no creas que así es como funciona en la vida real. Son un espejismo grandilocuente en el que aprovechan tu embobamiento y tu ilusión para robarte la cartera. Busca una sala en la que sean honestos y no se aprovechen de tí -aunque te pueda costar encontrarla también-, toca para quince borrachos que no te hagan ni caso y ahí, por primera vez, sabrás lo que es realmente la vida sobre el escenario.

José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.

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