Drive | Nicolas Winding Refn

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Al final de Taxi Driver Travis Bickle es tratado como un héroe. Ha limpiado las calles de Nueva York de chulos y mafiosos. La policía le encuentra ensangrentado con dos de sus dedos apuntando a su sien. Un héroe enfermo para una sociedad enferma. Martin Scorsese dotó de patetismo al personaje que revitalizó el thriller en los años 70. Por su parte De Niro construyó un protagonista atípico e inolvidable. Un conductor de taxis que decide eliminar la mugre acumulada en los rincones de la capital del mundo. ¿Es escandaloso comparar Drive con Taxi Driver? Quizá. Sin embargo, ambas películas consiguen alterar las bases del cine negro. La obra maestra de Scorsese está cubierta de suciedad cuando el deslumbrante filme de Nicolas Winding Refn desborda estilismo, dos métodos diferentes que envuelven dos películas perturbadoras.

Antes de que los ochenta irrumpan en el filme a través de esos irreverentes títulos de crédito de color rosa, Winding Refn ya ha ofrecido una escena donde la taquicardia es la consecuencia natural en el espectador común. El héroe que se inventa el director sueco no tiene pasado ni futuro, ni siquiera tiene nombre. Trabaja en un taller, conduce coches como especialista en películas de acción y tiene como afición conducir para atracadores. Les da cinco minutos para hacer el trabajo, ni uno más ni unos menos, y nunca lleva armas.

Drive bebe de Melville, de Tarantino o de Scorsese, pero es única. Un thriller extremadamente romántico y violento, con un protagonista callado, melancólico y con una seguridad en sí mismo apabullante a pesar de su vestimenta, más bien hortera. Ryan Gosling le pone cara al conductor de Drive. El actor interpreta con naturalidad y crudeza a un samurái, un héroe introvertido con un arco que desvela sus luces y sus sombras. Y de qué manera. Violento y perdidamente enamorado de su vecina. Ella es Carey Mulligan, la adolescente que enamoró a medio mundo en An Education. La actriz, soberbia, actúa con delicadeza y con gracia. La química que hay entre los dos traspasa la pantalla.

Refn acurruca al espectador con un romanticismo pausado y sin cursilerías. A Gosling se le escapa alguna sonrisa tonta que Mulligan abraza con miradas inocentonas. Todo esto mientras Bryan Cranston –el tipo protagonista de la brutal Breaking Bad– interpreta a su mentor y único amigo. Cranston se tiene ganado el cielo de los secundarios, su talento es inabarcable. Sucio, cojo y pasado de vuelta, el que fue padre de Malcom dibuja a un perdedor con buenas intenciones y muy mala suerte.

Después viene la sangre. Con Ron Perlman y Albert Brooks la fábula se torna violenta y la película se envuelve en una atmósfera descarnada y exagerada. Un envoltorio de Serie B tallado a medida. Estéticamente impecable. Sin embargo, el lirismo de Drive no sería lo mismo sin su música. Un regalo. Cliff Martínez  es la cabeza visible de una banda sonora muy heterogénea y repleta de sonidos sintéticos. Las voces femeninas cobran protagonismo para esculpir canciones que perfectamente podrían haber sido grandes éxitos del pop ochentero.

Pero lo que realmente perdura tras su visionado es el carácter del personaje de Gosling. El hombre sin pasado que recorre las calles de Los Ángeles con sus ojos vidriosos y su palillo en la boca. Un poco como el obsesivo hijo de puta que interpreta Coronado en No habrá paz para los malvados. Un poco como el demente conductor de taxis que dio la fama a Robert De Niro. Un poco como El samurái de Melville, frío, pero también romántico.

Pedro Moral

Pedro Moral
Periodista especializado en Cine, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2014. Actualmente, prosigue su carrera en diversos medios.

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