La condena de The Libertines

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Hace mucho que una banda no me hace hervir la sangre como lo hizo The Libertines. Ayer por la mañana, en una vaga búsqueda por iTunes para reactivar mi flujo de trabajo, me encontré con los discos de los londinenses ahí colocados en megas como una joya digital llena del polvo de la falta de reproducciones. Click y empezó a sonar Vertigo (Pista 1 de Up The Bracket, 2002), y todos los añejos regustos del comienzo de mi adolescencia se agolparon en un nudo de sensaciones nostálgicas: mi primer pelo largo, porros y más porros (lo jodido es que me acuerde), calimocho en el banquito, Malasaña con sus garitos de rock cuando no estaba tan machacado por la globalización mundana y la castración del Ayuntamiento a los horarios de los bares, alguna que otra raya, mi primera novia, descargar la música en WinMX y Ares, el primer FIB, compilar cds… Siempre decimos que cualquier tiempo pasado fue mejor, generalmente nos educamos en las memorias como analgésicos para evitar la realidad del presente, y también en parte porque nuestro cerebro carece de la abstracción suficiente como para encumbrar la repercusión del contexto actual: “ojalá hubiera vivido en los años…”, “si yo hubiera estado en la década de los…”, “te acuerdas de aquella vez que…”, “aquel viaje sí que la liamos cuando…”. De hecho nos preocupamos más en analizar los efectos de los presentes que en vivirlos mismamente.

Libertines es la mejor banda que ha dado el estercolero británico en los últimos doce años. Ese grupo que vivía en una isla de sueños bohemios en busca de lo que quiere todo rockero, la fama, lo del arte de la música queda muy bonito y sí, se quiere hacer música, pero la exuberancia que ofrece la falta de control cuando es catapultado hacia la fama es una vorágine tan suculenta como “el después” del primer pico de heroína. El amor tóxico –Can’t Stand Me Now entre un poeta sin guitarra, Pete Doherty, y un guitarrista sin poesía, Carl Barat, con las adicciones químicas de las drogas y las emocionales del amor que se profesaban concebido como su estilo de vida que provocaba el seísmo de su música. Canciones forjadas con sangre, de corazones rotos, que hablaban de las cosas como son de verdad –Death In The Stairs– . Porque los Libertines nacieron en ese verdadero Londres de putas, drogas y vagabundos, de esos ingleses acorralados por Inglaterra –Horror Show–.

Los Pistols y los Clash se alzaron política y socialmente, Libertines tenía algo de esa gasolina para avivar ese fuego interior que tienen los británicos; mientras Sex Pistols y The Clash quedaron castigados por el poder, a The Libertines les extinguió desde el principio el propio sistema capitalista. La New Musical Express les denominó en 2002 como “new best indie band”, ese mismo discurso del indie que han seguido evangelizando diez años después, del embalsamiento del significado de “indie”, de la industria musical británica de plástico forjada a base de refritos, feats, producciones chunda chunda, postureos rockeros y homosexualidad banalizada. Es esa Gran Bretaña, ese Londres enfermamente americanizado que está perdiendo su alma –Time For Heroes–, de ese East London (Hackney, Brick Lane, Shoreditch) sucio donde nacieron los Libertines del que se apoderaron las inmobiliarias para crear movimientos artísticos, entiéndase por movimientos artísticos escenas artísticas artificiales forjadas a libras de tendencias –Campaign Of Hate–, fashioners, poses musicales –Narcissist–… “Lo extirparon quirúrgicamente”, como dijo Barat.

Sin entender entonces las letras inhalaba el aliento de lo que decían, ese cataclismo de desgarros con el que se comunicaban que hacía gravitar a la gente en torno a ellos –Oh I really wanna now / so tell me, where does all the money go / where does all the money go / Straight, straight up her nose–. Las adicciones venenosas como estilo de vida, la incontrolable de Pete por la droga –Up The Bracket–, la dolorosa de Carl por Pete –Road To Ruin–, la frialdad fingida de Pete por Carl, era la adicción embaucadora que provocaban en el público. Se completaban, nos completaban. Las adicciones son un tipo de vida, te puede llevar años darte cuenta que las tienes. La plena belleza y la ahogante destrucción de una relación tóxica, la facultad enamoradiza de la toxicidad –Don´t Look Back Into The Sun–. Eran, como decía Carl, “un gran barril de pólvora con la mecha muy pequeña”. Ninguno encontrará un compañero de viaje parecido, ninguno sentiremos lo que nos hicieron vivir The Libertines, cada uno con sus factores, contexto y circunstancias. No se encuentra eso dos veces en la vida.

La condena de The Libertines fue ser The Libertines, estar presentes en tal tiempo de la historia en tal lugar siendo de tal manera y queriendo lo que querían por tales emociones, pero sino no hubieran sido The Libertines. Pasó ese momento –Music When The Lights Go Out–, me agarro a él como un clavo ardiendo, será por el “cualquier tiempo fue mejor” –The Good Old Days–, será porque realmente la música británica no ha dado una banda con la misma rabia que The Libertines en este siglo. Y por alguna extraña razón, después de todas las clases de Lengua y Literatura que empleaba en escribir guiones de películas inverosímiles, me han venido estos versos de Jorge Manrique como epílogo:

Recuerde el alma dormida

avive el seso y despierte

contemplando

como se pasa la vida

como se viene la muerte,

tan callando;

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquier tiempo pasado,

fue mejor.

Dani Garcia
Dani Garcia
Periodista. Formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2013, alcanzando especial repercusión con su columna 'El Elefante Está Borracho'. Actualmente prosigue su carrera en Doist PR.

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