Madrid, 1987 | David Trueba

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Un imberbe David Trueba se escondía debajo de la mesa a escuchar como su hermano mayor Fernando y un tal Carlos, amigo de la facultad, charlaban durante horas sobre John Ford, Billy Wilder, sobre Truman Capote o sobre Coltrane. Dependía del día o del whisky. En el 80’ Fernando Trueba estrenó Opera Prima, una comedia madrileña que marcaría época, mientras Carlos, que había pasado años viviendo del póker y de vender libros a domicilio, consiguió un trabajo en La Guía del Ocio, su apellido comenzaría a ser más conocido a partir de entonces. Hoy las críticas firmadas por Carlos Boyero se degustan como el mejor vino, algunos las escupen y otros se las tragan. En el 87 David Trueba tenía 18 años, era un estudiante de periodismo y un cinéfilo empedernido que en esas mismas fechas no pudo perderse una de las mejores películas del cine español, El viaje a ninguna parte de ese genio pelirrojo llamado Fernando Fernán-Gómez impactó al joven Trueba.

Hoy, 24 años después, el hermano guionista, el Trueba escritor, el columnista ocurrente estrena Madrid, 1987, una película protagonizada por un José Sacristán que no ha perdido un ápice de la intensidad que mostró durante ese viaje decadente que firmaba Fernán-Gómez. En el cuento de Trueba, como un Umbral o un Millás cualquiera, la imponente figura de Sacristán se mueve entre la sabiduría casi inalcanzable del genio y la sordidez maltrecha del atormentado.

El hermano menor de Fernando Trueba ha escrito un guión soberbio, tan bueno, tan irritante, tan fascinante, que rodarlo sólo lo empequeñece. La cámara de cine tiene la capacidad de ser un instrumento con enormes posibilidades para causar claustrofobia, el director lo sabe y le saca partido. Ese baño en el que el sabio con arrugas y la criatura angelical están encerrados durante más de una hora de metraje dispara la angustia del espectador. Él en primer plano, ella en segundo, los dos cerca, los dos lejos, un primerísimo plano de los labios de ella y otro del culo de él. Después un plano del grifo, del jabón o de los pinceles, el espectador necesita descansar.

María Valverde, que desprende una exótica y extraña belleza, queda en segundo plano frente a un Sacristán que no para de recitar ocurrentes sentencias sobre la política, el arte o el amor. Desde los palos que se sueltan contra ese oficio de ratas que llamamos periodismo hasta la poética visión del sexo que en este caso muchos calificarían como enfermiza. Pero como el mismo Trueba declara, los que se asusten de ver como un señor tan mayor busca desesperado el sexo de una virginal dama son unos absurdos.

Critica Madrid, 1987 de David Trueba | HTM

Es imposible no hipnotizarse con cada una de las frases que suelta Sacristán, al menos durante la primera hora, pero el tiempo no juega a su favor. Hay un punto en la película en el que el veterano actor abruma en exceso, de su boca sólo salen frases hechas, muy bien hechas, pero demasiado grandilocuentes para un ser de carne y hueso. Algo parecido a lo que ocurre con las películas de Adolfo Aristarain, donde los personajes de Martin (Hache) o Un lugar en el mundo (en esta también estaba Sacristán)  dialogan como los dioses.

Madrid 1987 es un homenaje a una época de cambios, a dos generaciones, una la que somos y otra la que admiramos. A pesar de las hostias también es una bonita veneración hacia la profesión del periodista. Y por supuesto es un cuento perturbador sobre esa cosa tan sucia y tan maravillosa llamada sexo. Pero como película no funciona, al menos no funciona como debería viniendo de un señor como David Trueba. Una novela hubiera sido lo más acertado, y de paso, se habrían ahorrado ese penoso e imperdonable plano final.

★★★☆☆

por Pedro Moral

Pedro Moral
Periodista especializado en Cine, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2014. Actualmente, prosigue su carrera en diversos medios.

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