En el que me humillaron mis teloneros

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-¡Corre! ¡Levanta, imbécil!-, me espetan a la cara, aún colonizada por legañas de resaca, y la memoria intentando arrancar un motor seco de gasolina. -Como sigas ahí tirado, no llegamos ni de coña-. Era por un concierto. Otra vez, otra noche y otro maldito concierto que me costaba la vida llevar a cabo y por el que ya no sentía pasión alguna.

Salté en la vieja C25 que nos había acompañado a través de medio continente y traté de retomar el sueño abruptamente interrumpido; pero no hubo manera. Aquella música seguía sonando en la radio. “Cabrón, ladrón”, pensaba yo. Tampoco tenía mis “medicamentos”. No tenía nada. Podía tenerlo todo y, sin embargo, era una rata miserable. Quería abrir la ventanilla y dejarme caer al asfalto a toda velocidad, desfigurar mi cara hasta que no hubiera dentista que pudiera identificarme.

Pero no lo hice. Seguí aferrándome a la infelicidad crónica.

Los baches de la carretera comenzaban a suavizarse, la velocidad descendía y el vehículo reencontraba su estabilidad a medida que comenzaba a detenerse. Habíamos llegado. Cogimos lo necesario (que lo gordo lo cojan los pipas, que para eso están) y entramos por la puerta de atrás de La Riviera. Eran buenos tiempos, pero para mí eran un calvario infinito.

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Allí conocimos a nuestros teloneros. Un grupo de chavales entusiasmados, pero ni la mitad de tímidos de lo que yo fui cuando estaba en su posición. El desgarbo con el que hablaban con todo el mundo, la irritante superioridad burlona con la que me miraban como diciendo “sabes que es mi turno, puedes ir yéndote” me sacaba de quicio y hacía que mi puño se apretara hasta clavarme las uñas en las palmas de mis manos.

La espera se hizo eterna. Arranqué con una falsa seguridad que convenció al público y una sonrisa forzada que no lograron descodificar. Pero ellos sí, ellos sabían todo y se reían en la lejanía. Me señalaban y chismorreaban al oído, insultándome, seguro. Perdí la concentración de mi ensayada actuación y salté al público. La masa lo vio como un gesto de rock and roll, pero intentaba llegar hasta aquellos niñatos engreídos para arrancarles el cuello. No llegué. Terminó el concierto y, en ese momento, la última gota de interés por la música.

Pasaron cuatro años y, entonces, la misma sala que yo llenaba tiempo atrás, firmaba ahora mi ridículo sueldo mensualmente. Servir copas no estaba mal porque, hasta que me pillaran, bebía gratis. Pero esa noche volví a ver a aquellos desgraciados y sentí la misma rabia interna. Esta vez, ellos llenaban por sí mismos, aunque venían de telonear a una banda de vejestorios fácilmente detestables. Pocos éxitos y mediocres, enaltecidos por la nostalgia de una generación que no supo diferenciar la calidad de la basura.

Pero sus clones modernos son los que yo tenía en el punto de mira. “Malditos basura, yo era bueno, yo me preocupaba por la música. ¿Vosotros qué hacéis? Intentais vender camisetas y hacéis un pop deleznable que, además, pretendéis vender como rock. Desgraciados”. Sin embargo, la situación era irreversible. Ellos habían triunfado y yo me dedicaba a servir copas para unas fanáticas que ni siquiera me reconocían.

Richi Amador
Richi Amador
Músico, pipa, camamero, repartidor, mensajero, oficinista... y ninguno es mi trabajo.

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