Piensa en tu grupo favorito. Imagínate ese día esperado en el que admiras la entrada de su concierto y la expectación crece imparable, donde el único fin y futuro es estar allí en primera fila. Ya has entrado, se apagan las luces de la sala, el rugido de la gente es un eco lejano mientras, absorto, no apartas los ojos del escenario en penumbras. Se encienden las luces delatoras y observas, confundido, como aquel personaje idolatrado no es más que un personaje animado cuyo único mundo es una pantalla que muestra su virtual existencia. Eso es Hatsune Miku, la última excentricidad de la isla cuyo sol naciente ha pasado de gobernar una tierra milenaria a tener que observar esta aberración musical.
Cuando ves que sus jóvenes bandas van vestidas de personajes de anime y sus histriónicos programas exceden el sentido común te ríes, comentas lo extraños que te resultan y pasas página; pero esto es distinto, esto es peligroso. ¿A qué enajenada mente se le ocurrió que esto es una buena idea? Por si alguien no conoce los detalles, Hatsune Miku es la última estrella del pop japonés y se trata de una animación a ordenador cuya voz es generada digitalmente a través del software Vocaloid de la conocida empresa Yamaha. Hechas las presentaciones, hundamos la navaja.
No me queda más que pensar que todos esos millones de personas que siguen la carrera de este ficticio “artista” son, como poco, algo estúpidos. Hemos visto como otros músicos han optado por la máscara de los digital, siendo Gorillaz el máximo ejemplo, pero esto se encuentra en otro planeta, en uno de otra galaxia y quizás otro universo, uno en el que el ser humano ha perdido su juicio y su integridad. Detrás de los humanizados monos del de Blur había músicos, personas reales de carne y hueso, pero el Frankestein musical nipón ni tan siquiera comparte esa oculta humanidad. Que su tecnología sea espectacular, honestamente, me importa una mierda. La tecnología es adecuada hasta donde aporta un servicio y un uso necesario para la humanidad; esto es una lacra, un insulto.
Es tan esencial la naturaleza humana para la música que sin ella no existe emoción; es ese toque intangible con el que conectas, el que habla con las notas como lenguaje. Arranca esa voz y extirpas su significado. Una voz digital no es más que un complemento humanizador, una barrera salvada frente el miedo a lo artificial, pero no es arte. Quien sabe lo que pasaría por la cabeza del mequetrefe que decidió inventar este siniestro personaje, pero desde luego el símbolo del dólar debía arder en sus ojos como un tío Gilito auténtico. “Vendamos ingentes cantidades de música sintética” y, como todo yonki de bien sabrá, lo sintético acaba causando sobredosis. No es real y es el único argumento necesario. Alguien introduce datos en un ordenador y este escupe a borbotones un sonido artificial al que quieren llamar música y empaquetan a precio de saldo. Un artista al que se actualiza, se descarga el nuevo paquete de voz dulce y cambias su registro (porque existen actualizaciones de voz oscura, madura, suave, etc.). Vomitivo es poco.
Es una concepción tan errónea que no hay manera de describirlo. ¡Y además hace conciertos! Pero es que la gente acude a ellos. Una pantalla despliega al personaje que baila en sus secuenciados movimientos, noche tras noche igual, siempre preciso, destruyendo así todo impulso, toda naturalidad. Mientras su grotesco espectáculo emboba a un público ya de por sí atontado frente a la oscura pantalla sobre la que recaen todos los focos, detrás, en la sombra para ocultar la fría esencia de esta, los músicos de verdad interpretan los temas al son de su ficticia líder en una perfecta metáfora de la perversión que ello significa. Y, por si fuera poco, la guillotina no funciona porque “ella” es sempiterna e inmortal; siempre y cuando no la desenchufe, claro, y ya estoy siguiendo el cable.


