La obsolescencia publicitaria de las plataformas en streaming

1

La tecnología puede ser impresionante, tanto o más como cualidades perjudiciales posee. En una industria musical, a la que ya morderemos más adelante en la yugular, que a base de cabezonería y cinismo está cavando su propia tumba –en la que descansarán rodeados de fajos de billetes, eso sí-, las alternativas que durante años han ido surgiendo representan el potencial, aun en explotación, de maneras mucho más coherentes de consumo y creación de contenido artístico. Pero la industria discográfica es como un león moribundo, si te acercas demasiado confiado no verás el zarpazo hasta que acabe con tu vida. No está muerto, ni siquiera agoniza, está gravemente herido y por ello lucha por su supervivencia, infiltrándose como puede entre los nuevos modos que usurpan legítimamente su hegemonía.

Aún más grotesco es que estos revolucionarios sistemas compartan los obsoletos usos de sus precursores. Como crítico musical y con los tiempos que corren, felicito a aquel que tenga el dinero de comprarse cada álbum que analiza; yo, desde luego, no lo tengo. Ojalá lo tuviera y siempre defenderé el formato físico por su arte complementario y la abstracta sensación de integridad del álbum en su totalidad. Comprendo la comodidad de lo digital, pero… paradme, porque ya estoy divagando y vuelvo al “hombre analógico” con el que inicié mi andadura. Por lo tanto, la plataforma que mejor se ha logrado adaptar a la nueva tesitura, además de moldearla a su gusto, es Spotify.

Por ello me resulta incomprensible que, teniendo en cuenta su papel en la dinámica de la explotación musical de hoy en día, siga utilizando la carcomida estrategia de negocio de la industria tradicional. Con una muestra de tan solo una hora de escucha, a cada tres temas encuentras dos anuncios de lo nuevo de La Oreja de Van Gogh, tres del ya decapitado Electro Latino y productos varios tangencialmente relacionados con lo musical. Los mismos productos anunciados ininterrumpidamente, desprovistos de variedad e inmersos en una tendencia continuista de homogeneidad y negocio desalmado y uniformador en el que el público selectivo no cae ingenuamente, y cada vez más gente se deshace del disfraz de borrego.

¿Están en su libre derecho? Por supuesto, y yo podría pagar una cuenta Premium que no son nada desorbitadas, pero no es una queja particular o infantil sobre como me “cortan el rollo” al publicitar entre canciones, si no la obsolescencia de sus métodos.

Si aplicas un modelo puntero de negocio, no retrocedas veinte años en tus técnicas específicas. Sé coherente y, al igual que remodelas el consumo en la forma, regula las vías de promoción con el mismo espíritu. El constante flujo avasallador de repetitiva publicidad es anacrónico, es una propiedad de otra época, donde a través de radio, prensa y televisión se promocionaba incesantemente el mismo catálogo interesado. Aun están a tiempo de evitar la afilada hoja de la guillotina, pero las medias tintas no te salvan de la lista negra. No se pueden dejar de lado los artistas emergentes, la escena independiente,  las empresas renovadoras, todo ello, y ahora más que nunca, ha de tener cabida y difusión, porque ése es el futuro.