En el que me enamoré de una folkie segundona

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El fracaso se asomaba por la ventana. Mi estrepitoso golpe contra el suelo de una industria abocada a la ruina estaba a punto de aplastar mi futuro. Una vez fui músico. En aquel entonces todavía lo era. Pero me faltaban tres telediarios. Eso, claro, yo no lo sabía.

Estaba a punto de salir de casa para acudir a una absurda presentación de un absurdo festival patrocinado por una marca de cremas para la piel. Habría comida y bebida gratis. Perfecto porque a esas alturas del mes no había muchos euros en la cuenta. Me levantaba tarde para esquivar el hambre matutino. Entonces, cuando estaba agarrando el pomo de la puerta, sonó el teléfono.

“¡Richi! Soy Javi, mira necesitamos un favor. Necesitamos que tires de contactos y nos consigas una cantante de folk estilo Russian Red pero sin tanto caché para la presentación de nuestra empresa”, me dijo mi amigo (que realmente sólo era un conocido). “Sí, Javi, no te preocupes. Hago unas llamadas y te cuento”, evidentemente no iba a hacer esas llamadas. Ya se le pasaría.

[quote_center]A su lado la otra folkie de moda, la segundona, la marca blanca de Russian Red[/quote_center]

Salí rápido. Llegaba tarde. Antes de entrar en ese mastodóntico Hotel del centro de Madrid, practiqué mi sonrisa zalamera. [inlinetweet prefix=»» tweeter=»» suffix=»»]Cuando uno no tiene mucho talento tiene que tirar de encantos [/inlinetweet]y a mí las cosas me iban regular. Multitud de tipos divididos en exclusivos grupos de conocidos entablaban conversaciones idiotas. El peloteo que escupían esas bocas henchidas de pose sonaba por encima del hilo musical.

Y entonces la vi. Bueno, las vi. Allí estaban Lourdes Hernández, o sea, Russian Red, con su pelo rubio y su boca de fresa (parafraseando a Sabina) y a su lado la otra folkie de moda, la segundona, la marca blanca de Russian Red. Y yo siempre he sido más de Hacendado que otra cosa. Y también que fui consciente de que si me hubiera acercado a flirtear con Lourdes hubiera tenido un rotundo fracaso, no así con la folkie segundona.

me-enamore-folkie-segundona-guitarra

Empezamos a hablar de amigos comunes, de conciertos en los que habíamos coincidido (en mi caso era todo mentira, claro), hablamos de la escena musical y a todo esto Lourdes se fue apestada por mis translúcidas intenciones. Pero yo vi feeling con la segundona. Vaya que si lo vi. Si me lo montaba bien conseguía como mínimo un besito de despedida. ¿Quién no se arrastraría por un besito folkie?

Pero la conversación se empezaba a apagar. Ella empezaba a estar inquieta. Era necesario hacer algo y rápido. De repente me acordé de mi buen amigo Javi y su llamada de por la mañana. Así que me lancé y le propuse el bolo sin ni siquiera saber en qué consistía. Ella se puso muy contenta, «igual no le iba tan bien», pensé.  Me dijo que hablara con su discográfica. En aquella fiesta su sello estaba reencarnado en una atractiva mujer madura muy salada a la que me acerqué sin miedo.

[quote_right]Lee también: [/quote_right]

“Bueno, lo que quieras, pero igual tenemos artistas en el sello que te interesan más y son más económicos”. [inlinetweet prefix=»» tweeter=»» suffix=»»]El viejo truco de las discográficas. Venderte los artistas que no quiere nadie.[/inlinetweet] “No, la quiero a ella”, dije rotundo. “Pues contratar a nuestra estrella (ahora era su estrella) para tocar unas cinco canciones en cualquier evento cuesta 10.000 euros”. En ese momento bebí un trago muy largo de mi copa de vino blanco y cogí un par de piezas de shusi que servía un camarero con pectorales mastodónticos para metérmelos en la boca de golpe y poder digerir la cifra con el estómago lleno.

No podía creer que valiera tanto dinero escuchar folk cursi y tontorrón de una niñata que componía sus canciones después de salir de vinos por la noche con sus amigos pijos. Cuanto cobraría por tocar en una sala… ¿100.000 euros? Me entraron ganas de llamar a la discográfica de los Arctic Monkeys allí mismo y comparar precios.

Yo cobraba 50 euros por actuación, 100 si me curraba más la negociación. Y ella, que era una copia mal hecha de Russian Red, joder que hasta la imitaba cantando, que tocaba la guitarra como un mono entrenado y que además producía la muerte súbita por aburrimiento cada vez que abría la boca. ¿Qué se creía? Nunca más volví a enamorarme de una folkie, son demasiado caras. Y ya puestos, si se me antoja ligarme a una chica con guitarra y melancólica mirada me voy a Estados Unidos, que seguro que hay tres así en cada pub.

Richi Amador
Richi Amador
Músico, pipa, camamero, repartidor, mensajero, oficinista... y ninguno es mi trabajo.

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