Por qué España es una cloaca cultural

Esta Guillotina va a ser algo diferente. No tengo claro si en esta ocasión la víctima será algo o alguien concreto, sólo sé que he regresado a esta adorada ciudad capitalina mía con ganas de cortar cabezas. No a una clase política vergonzosa que nos pone la zancadilla y se ríe cuando nos caemos con la boca por delante en el barro, tampoco a una industria que se aprovecha de su público y sus propios artistas, ni siquiera a esos artistas para los que el arte es la última de sus preocupaciones; hoy es el todo y lo quiero ver arder.

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Esta piromanía ansiosa no surge de la nada, lo más seguro es que sea un efecto secundario de la depresión postvacacional que me atormenta desde que el domingo a la noche me despidiera de Londres para volver a la ciudad que me vio nacer. [inlinetweet prefix=”” tweeter=”” suffix=””]Madrid es luminosa y activa, pero un fin de semana londinense la deja en evidencia[/inlinetweet] en tantos apartados que es como poner a pelear a un bebé contra un gorila de espalda plateada, eso sí, muy educado y con una taza de té en la mano; aunque según esos estereotipos yo debería haber ido con un jamón en una mano y un traje de flamenca alquilado.

Pero en 24 raudas horas entre Victoria Station, Buckingham Palace y el London Bridge, su poderío cultural es lo que me dejó boquiabierto. Llegué el viernes por la noche a la capital británica, cansado pero sin ganas de dormir; la cama del Astor’s Victoria era una trampa para no dejarme vivir esa noche. Tras 23 dolorosas libras de taxi, llego al Koko Theatre, que por la noche se convierte en sala de conciertos y club para energúmenos como yo. Esa noche, casualidades de la vida, me dejo seducir por la competencia: entro en el Club NME.

[quote_left]La inquina de Wert[/quote_left]

La música estaba tan fuerte que la ropa vibraba como si tratara de cobrar vida, las copas tan caras que una noche de fiesta ahí acabaría con el sueldo de un mes como diputado. Sin embargo, ahí está, uno de los medios musicales británicos más importantes -si no el que más- organiza conciertos y sesiones cada semana en un local de ensueño; aquí vamos a Independance a escuchar por enésima vez ‘Kids’ y ‘A-Punk’ en bucle.

Los Jägerbombs no pudieron conmigo y, al día siguiente, estaba suficientemente fresco para un día completo de turismo. No es mi primera vez en la ciudad, así que los monumentos empiezan a reclamar menos mi atención, dejando su lugar a la detallista vida diaria, al maquinal trasiego de los londinenses en una ciudad inundada de personas. Parto de Picadilly Circus por Shaftesbury Ave y la cantidad de musicales parece irreal. La infinita resistencia de ‘Wicked’ y ‘Los Miserables’ convive con obras más recientes como ‘Thriller Live’ de Michael Jackson o el casi desaparecido ‘We Will Rock You’ de Queen. El “Broadway español” de Gallardón lo intentó, pero Los 40 y ‘Hoy No Me Puedo Levantar’ besan la lona en cuestión de segundos.

[quote_right]Los músicos a examen[/quote_right]

Me detengo frente al Dominion Theatre, observo la magnificente estatua de Freddie Mercury y, a sus pies, un músico callejero. ¿Qué era eso? De tradicional personaje popular español a criminal, el músico ambulante comienza a tomar la percepción de criatura mitológica; en unos años no se recordará su existencia. Sin embargo, allí, entre la marabunta de gente que se arremolina alrededor de Tottenham Court Road, un hombre ilumina la calle tocando. No sólo puede hacer música allí, sino que el concepto de innovación en su espectáculo es más avanzado; algo obvio, cuando que comas o no esa noche lo decide el público en base a tu actuación en lugar de una licencia administrativa, tienes que elevar tu juego y hacer algo que no haga nadie más.

Pero no me fío, un amigo ha grabado a fuego en mi cerebro la importancia de la duda. ¿Y si tocan en mitad de la calle porque no tienen ningún sitio donde hacerlo? ¡Eureka! Ese debe ser el secreto. Pero mi brevemente recuperado orgullo patrio vuelve a chocarse de bruces con la realidad. En Reino Unido, cualquier local con un aforo de menos de 200 personas podrá acoger conciertos de 20:00 a 23:00 sin licencia alguna, así de fácil. No hace falta que profundice en la vergüenza comparativa que siento por ello al ser madrileño. Y allí viven la música, es una de las industrias más potentes del país, por ello la apoyan y porque la apoyan es así (¿el huevo o la gallina?). Cualquier dueño interesado, y hay más de 13.000, podrá programar sus conciertos de la noche a la mañana sin ningún problema.

[inlinetweet prefix=”” tweeter=”” suffix=””]Existen detalles por los que ellos están construyendo el futuro y nosotros nos estamos ahogando en el anacronismo[/inlinetweet]: su tren tarda 2 minutos cuando el nuestro tarda 12, su sentido de limpieza y bien común simplemente nos sobrepasa, ¡qué demonios!, incluso viajé en metro con un policía de servicio, cuando aquí para lo que se adentran en las tripas del subterráneo es para perseguir y aporrear ciudadanos. Tienen sus cosas, y malas, intento no ser un hipócrita con delirios británicos, pero la comparación nos deja en evidencia. Creo que la próxima vez que escuche el ‘God Save the Queen’ me llevaré la mano al pecho, ya sea el himno nacional, el de Queen o el de los Sex Pistols; al menos hasta que se diluya la depresión.

José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.