Motorhead | Ace of Spades

Existen iconos a través de la extensa historia del rock que, además de por su extensa biblioteca musical, destacan en la conciencia común como bastiones totémicos de la resistencia a los variopintos vicios a los que acostumbra una vida de giras y devoción al desenfreno. Keith Richards, Mick Jagger u Ozzy Osbourne siguen entre nosotros y son el clásico ejemplo que reflota de nuestra memoria. Pero si les preguntas a ellos, la respuesta fácilmente diferirá, porque sorprendidos en su continua y aun vigente infructuosa autodestrucción, bañada en 30 años de botellas diarias de Jack Daniel’s, sólo un hombre corriente derrota a los dioses: Lemmy Kilmister, líder de Motörhead. Inspirado en los renglones de nuestro elefante particular, el rock and roll sabe a sangre y bilis; aliñado con speed, anfetaminas y LSD es todo el oxígeno y sustento que parece necesitar el motor de una apisonadora que, casi 40 años después, aun inyecta gasolina en nuestras venas.
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A finales de la brillante década de los setenta, cuna y caldo de cultivo de cientos de géneros que colmarían toda la creación musical venidera, los principales focos de atención recaerían sobre el metal y el punk británico, entre los cuales había una acérrima aversión que distanciaba tanto a fans como a bandas. Pero desde 1975 nacería una banda que uniría los requisitos óptimos para representar a ambos sectores, a pesar de la negativa de su líder a etiquetarse más allá del rock and roll. Tras ser despedido de sus raíces del hard rock en Hawkwind, Lemmy reuniría ese mismo año a Phil “Philthy Animal” Taylor en la batería y a “Fast” Eddie Clark en la guitarra, para crear la que hasta ahora sería la formación clásica de “la peor banda del mundo” según NME, Motörhead.

Derribando barreras a base de un rock n’ roll rápido, ruidoso, visceral y doloroso, llegaron a un cuarto álbum cosechando a partes iguales un consolidada aceptación del público, como un desprecio por parte de la prensa más prestigiosa. Con Ace of Spades (1980) lograron abrirse camino hacia un conocimiento superior, acompañado de una producción sustancialmente mejorada y un trabajo mucho más refinado técnicamente que en sus tres trabajos anteriores. La receta es la misma, pero al cortarla añaden sustancia y elementos que complacen tanto al oído como a las venas, sin riesgo de sobredosis; aunque haya que tener precaución con su galopante potencia.

Las señas de identidad de su estilo son únicas, conformando en su cocción un sonido estridente que acuchilla a cada nota y cada golpe. El peculiar uso del equipo de Lemmy define en gran medida esta fórmula. Una utilización anodina del bajo en una sonoridad similar a la guitarra, tanto en su saturada distorsión como en la ecualización, repleta de frecuencias medias que otorgan ese sonido punzante y alejado del común peso de la sección rítmica, que a su vez se ve mayormente reforzado por la técnica del instrumentista en el uso de acordes y cuerdas abiertas en gran parte de sus canciones, también debido a la ausencia de un segundo guitarrista, por el que Lemmy cubría también el puesto. En temas como Live to Win o su archiconocido mundialmente single homónimo, Ace of Spades, hace claro acto de presencia ese sonido en sus riffs iniciales, aunque aun así están presentes a lo largo del álbum. Seguido siempre en la construcción de las melodías instrumentales encontramos a Eddie Clark, haciendo uso de una técnica solista propia del metal con punteos vertiginosos y un estilo rítmico híbrido con el punk. La locura reina tras bombo y platos, con un joven Phil Taylor adicto, entre otras cosas, al doble bombo constante y a la velocidad en sus ritmos y fills. Todo el peso que no aporta la elección sonora del bajo, acaba perteneciendo a los bombos de Taylor.

Motorhead Ace of Spades (1)

No hay descanso para los vivos, y menos para los que viven precisamente para ganar. El repertorio de este álbum desconoce los tempos bajos, desarrollando constantemente una velocidad de crucero desorbitada. Con temas propiamente rock n’ roll como Dance, Jailbait en una lasciva descripción de ciertas “acompañantes” de backstage o (We Are) The Roadcrew en su alabanza al grupo de técnicos que los acompañaba y permitía que sus conciertos fueran los más ruidosos de la época. La actitud explosiva de la banda se veía reflejada en sus letras, desde el sexo, la velocidad, las drogas y su adicción hasta, por supuesto, los juegos de azar. Ninguna banda rivaliza en su excentricidad juerguista; todos los tópicos de alcohol, drogas, sexo, peleas y fiesta se reúnen ensalzados en sus hábitos. Quizás no digan nada poético o moralmente profundo, pero saben como elevar tu presión arterial como nadie.

En gran medida, el aumento de la calidad de este largo se debe a su productor, Vic Mayle, quien supo hacia donde apuntar los objetivos de la banda y qué era necesario reforzar para obtener unos resultados mejores que anteriormente. Una producción, en cierto sentido sencilla, con un sonido claro en el estruendo del trío. Si bien la mezcla destaca todos los elementos que componen los temas, el mayor logro se encuentra en la preproducción, haciendo que la banda encontrara un lugar musical donde destacar con menos gritos y más melodía, así como mayor constancia y solidez en el trabajo de las guitarras.

Este álbum y esta banda establecerían los cimientos para el nacimiento del thrash metal de bandas como Metallica, Slayer o Anthrax; estos serían los originales sucesores de la ruptura metal/punk, aunque tuvieran una clara tendencia hacia el metal. La actitud chulesca y juerguista que rezumaba la banda haría mella en el metal de gran parte de los ochenta, sobre todo en la escena americana, influenciada por la ola de heavy metal británico de los setenta y principio de los ochenta. El uso poco ortodoxo del bajo, con menos pautas rítmicas y una mayor atención hacia acordes, riffs y una endemoniada distorsión, también ha servido de influencia, como Cliff Burton entre otros, llegando su dominio hasta nuestros días.

  • Fue grabado por:

Vic Mayle (producción)

Lemmy Kilmister (voz, bajo)

Eddie Clark (guitarra)

Phil Taylor (batería)

                                  

  • Lanzado por:

Bronze Records el 8 de noviembre de 1980

  • Grabación:

4 de agosto a 15 de septiembre de 1980 en Rickmansworth, Reino Unido

  • Duración:

36:42

Existen bandas que ellos mismos marcan la tendencia de la música venidera, gracias a su creación musical, su actitud o su revolucionaria innovación. Sucedió The Doors, Led Zeppelin, Black Sabbath y, más adelante, la visionaria reinterpretación de los géneros más duros y rebeldes en su comunión concedieron ese título al monstruo de Lemmy, Motörhead. Todos están de acuerdo, él es la auténtica personificación del rock n’ roll; a sus casi 67 años de edad y su estatus global, sigue siendo el tipo del bar que se emborracha de la misma manera y se despierta con el único desayuno de una botella de Jack Daniel’s con los pies tan en la tierra como el primer día. Una estrella de rock en el cuerpo de un hombre corriente.

Esa actitud es la que siguen destilando sus trabajos, sus 20 discos de estudio y subiendo. Una carrera íntegra en sus convicciones, macarra, sucia y obscenamente promiscua, creando algo que trasciende la música y se transforma en algo más: un estilo de vida. No es bonito, es real; no es elegante porque no lo necesita ni quiere, sus canciones se inyectan directamente a las tripas y aun no sabes como sigues vivo, pero lo estás. Motörhead es un monstruo que respira en tu nuca, te susurra al oído y luchar contra ello no tiene sentido, te insufla de su aliento para enfrentarte a los que se te ponga por delante durante la noche y ya nunca querrás perderlo.

“No me arrepiento de nada de lo que hemos hecho. En una carrera artística vender tu culo es muy fácil. Lo han intentado y no nos interesa. En mi lecho de muerte no quiero arrepentirme de nada.”

–         Lemmy Kilmister, líder de Motörhead 

 

José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.