Queens Of The Stone Age | Songs For The Deaf

He sentido la llamada del desierto de nuevo. No era el disco que tenía reservado para esta semana; iba a llegar, pero no pensaba que fuera a ser aun su momento. Debido a las recientes noticias sobre el próximo álbum, el regreso de Dave Grohl y que, por ello, estoy en un irremediable “modo Queens” (como yo lo llamo) he mirado furtivamente a la estantería y entre los demás discos, agazapado en su sonrojada cara, este me susurraba, tratando de llamar mi atención. Lo puse y me encontré en la situación de siempre: no puedo dejar de sonreír cuando escucho este álbum porque siempre me sorprende lo bueno que llega a ser. Esa sonrisa incontrolable cuando estás contemplando algo que no logras entender cómo puede ser tan sublime, te insufla de infinita felicidad y no comprendes como viviste sin ello antes. Es amor. Amor por una obra maestra.

De principio a fin, cada tema alcanza cotas estratosféricas. No es solo un enorme álbum como conjunto, si no que cada tema por sí mismo brilla en su propio esplendor, a su vez sirviendo como piezas de un engranaje ejecutado sin el menor error. Esta meta, por obvia que parezca, es raramente conseguida. Songs for the Deaf (2002) fue el tercer álbum de una discografía ensamblada como un solo trabajo conceptual en constante crecimiento y desarrollo, un álbum que sacó a la luz para el mundo entero una banda de magistrales músicos en constante transformación que, dada su cambiante idiosincrasia, añade un mayor valor a su inconmensurable calidad, representada en la figura de su creador y líder, Joshua Homme.

De las cenizas del ya fallecido Kyuss nace el proyecto de Homme, Queens of the Stone Age. Con unos principios más maduros y flexibles, dada la experiencia con su primera banda, su disco debut homónimo marca la ruptura con aquel período de una manera progresiva, con un sonido aun claramente derivado de aquel stoner,pero con un horizonte mucho más amplio. Dicho horizonte comenzarían a explorarlo en su Rated R (2000), donde la cantidad de dinámicas y estilos abarca un registro abismalmente mayor. Y al llegar a su tercer trabajo toda barrera parece derribada. Las estructuras más organizadas y la amplitud de la libertad creativa de su segundo trabajo se entremezclan con el robot rock y las psicotrópicas improvisaciones del primero, resultando en híbrido excepcional más contundente, más potente y, desde luego, con un campo de acción mucho mayor.

La casualidad, la suerte o el destino hicieron coincidir las mejores composiciones de la banda con los mejores integrantes de la misma. Josh Homme como guitarra junto Nick Oliveri al bajo y Mark Lanegan, haciendo el trío de voz principal en el disco, reciben al omnipresente Dave Grohl a la batería para conformar un conjunto épico e inigualable. Por si es poco, la cantidad de músicos invitados es del mismo talento, con Alain Johannes y Natasha Shneider en diversas canciones (ambos pasarían a formar parte de la banda en su siguiente álbum) y otros tantos colaboradores, en la tradición propia de la banda.

La colección de temas recoge influencias de multitud de géneros variopintos, desde el punk hasta el new wave, en cortes magistrales como No One Knows, You Think I Ain´t Worth a Dollar, But I Feel Like a Millionaire o A Song for the Deaf. Las texturas que hilan este álbum cubren toda la paleta de colores, fortalecido por el cambio de roles a la voz entre los tres frontman. Así, la suave y melodiosa voz de Homme en temas como Do It Again, la áspera profundidad de Lanegan en Hangin’ Tree o el alarido salvaje de Oliveri en Six Shooters descubren todo un registro cohesionado en su maleabilidad. Como recurso de fluidez en el desarrollo continuo del álbum y también como humorística burla hacia las emisoras comerciales, entre varios temas se incluyen interludios de falsos djs de radio, con algunos nombres como Dave Catching, Jeordie White de la banda de Marilyn Manson o Chris Goss, muchas veces irónico pero además como elemento diferenciador en la idea de álbum conceptual, en un metafórico (aunque real en su ideación) viaje en coche desde Los Ángeles hasta Joshua Tree.

La composición de los temas parte de la simpleza aparente propia de su estilo, que se cimienta sobre multitud de arreglos en distintas capas que otorgan una profundidad al disco loable. Un ejemplo claro es A Song for the Dead, con la entrada de batería en tributo a Black Flag y una estructuración simétrica repleta de instrumentación en guitarras, coros, órganos y percusión que en su unión forman un conjunto en armonía excepcional, denotando la gran calidad en composición de sus autores. No todas estas parten de la imaginería de la banda, llegando alguna por cauces de otros proyectos paralelos de varios de los miembros, fijos y colaboradores, como Hangin’ Tree de Johannes en las Desert Sessions, al igual que You Think I Ain´t Worth a Dollar, But I Feel Like a Millionaire.

Propias o ajenas, las composiciones se ven acompañadas por una técnica fuera de discusión, con Grohl en un trabajo absolutamente fascinante, riffs de guitarra innovadores y pegadizos acompañados de solos y capas de overdubs sencillamente magistrales. Las líneas de voz juegan entre la oscuridad y la fuerza de su emotividad, quedando grabadas a fuego melodías como la absoluta perfección de First It Giveth (Then Taketh Away) o la melancolía de No One Knows. Aunque sus temas tomaran un giro más comedido y accesible, hay gente que piensa que hacer pop es escribir un estribillo, y no es el caso. Teniendo en cuenta la oscura ambientación del álbum; las siempre abstractas letras sobre adicción y rebeldía, en las que Homme destaca por su amplísimo vocabulario y su facilidad para jugar con las palabras, con resultados siempre dados a la interpretación; la sonoridad conjunta en su pesada tendencia por las frecuencias graves y la innovadora complejidad de su composición; una actitud musical más cercana a The Cramps que a The Beatles; todo esto lo aleja de tales apelativos y etiquetas

La producción, siendo siempre un fuerte en los trabajos de Homme, rebasa todo límite. Es impresionante como un álbum con tal volumen mantenga intacta la integridad del sonido. Todas las capas se encuentran situadas en el lugar adecuado para dotar al tema de la profundidad, particularidad y las necesidades concretas de cada tema; la versatilidad abarca desde las devastadoras guitarras de The Sky Is Fallin’, la serenidad agitada de Hangin’ Tree, a la grandiosidad orquestal con la que cierra el álbum Mosquito Song. Cada tema disfruta de una producción propia ajustada a su concepción esencial, engranadas en un conjunto homogéneo en su diversidad. Lo que en cada tema es igual es la excelencia en la producción de las baterías, con una claridad, impacto y definición fuera de lo normal; ese bombo golpea como una explosión atómica. Aun hoy no he visto un álbum que supere este nivel de producción en su complejidad y resultado, teniendo en cuenta la cantidad de estratos instrumentales que componen cada canción.

La influencia que ha tenido este trabajo en la escena musical, tanto para otras bandas como para prensa y público, se corresponde con la calidad de este. Encontró su merecido lugar en las listas, como a la cabeza de “Los  mejores álbumes de 2002” de Kerrang! o el número 15 de “Los 100 mejores álbumes de la década” según NME. Aun se está produciendo su influencia en artistas actuales, con un resurgimiento del stoner, reconocido en el mundo gracias a la banda y, en concreto, este trabajo y que ha servido de trampolín para bandas de la escena como Fu Manchu o Mondo Generator, la banda entonces paralela de Oliveri. Incluso en grupos como Arctic Monkeys, con los que ya ha trabajado Homme, se huele su presencia. Y la respuesta es sencilla: comulgues o no con su estilo, cuando hay calidad de tal calibre no puedes dejar de verla y eso es lo que ofrece este álbum.

 

  • Fue grabado por:

Adam Kasper y Eric Valentine (producción)

Josh Homme (voz, guitarra, coros, producción)

Nick Oliveri (voz, bajo, coros)

Mark Lanegan (voz)

Dave Grohl (batería, percusión)                                  

  • Lanzado por: Interscope el 27 de agosto de 2002
  • Grabación: marzo a junio de 2002 en San Rafael y Hollywood, CA, EE.UU.
  • Duración: 63:36

No creo sobrepasarme al afirmar que este disco, con el paso de los años, será considerado un clásico como ahora lo puede ser un álbum de Deep Purple o Black Sabbath. Todavía no se ha visto todo lo que puede llegar a ofrecer esta absolutamente fabulosa banda y el impacto que tendrán el futuro. Aquí en España, a pesar de nuestro desapego con el rock y sus ramificaciones actuales, ya se les ha reconocido como, por ejemplo, la mejor actuación de la historia del BBK Live, además de conseguir un constantemente creciente número de seguidores.

Es complicado encontrar un álbum que raye la perfección de principio a fin. Son perlas extravagantes e insólitas, resumido en un término cuya sobreutilización viola sin remordimientos su significado; una obra maestra. Estas no solo dependen de un conjunto de temas buenos: dependen de una organización, una estructuración compacta y, sobre todo, lo mejor de la música, lo intangible. Escuchar ese disco y sentir que estás presenciando algo grande, algo superior a ti, incluso superior a los propios artistas que lo han creado. El tiempo sitúa cada obra en su justo lugar, aquel que le corresponde en coherencia con su calidad y su trascendencia y, este álbum, en su décimo aniversario va por el camino adecuado y merecido… porque el desierto no es suficiente.

“El objetivo de Queens es infiltrarse y matar al rey. Y eso no lo haces llamando a la puta puerta. Te conviertes en su consejero, le susurras al oído, le cortas el cuello, le echas la culpa al cocinero y huyes.”

– Joshua Homme, cantante y guitarrista de Queens of the Stone Age

José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.