Rage Against the Machine | Rage Against the Machine

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Rage Against the Machine | Rage Against the Machine | 1992

El devenir de la sociedad recorre ciclos infranqueables con los que lidiar y en los que a todos nos pone en constante prueba. La cultura, como expresión inherente, plasma esos momentos de manera natural –tanto los positivos como aquellos funestos-, de manera que al echar la vista atrás sea inseparable el arte de sus circunstancias. Cuando el ambiente se revuelve genera una reacción equitativa en lo musical que, por su parte, conlleva una evolución lógica, una que en la década de los noventa sirvió de idóneo caldo de cultivo a la conjunción de una sociedad desgastada, hastiada y acomodada.

Nuestra desoladora situación actual no es tan distinta, por no decir que es peor. Por ello es conveniente recordar esos alzamientos de conciencia pasados que o bien sirven de ejemplo e inspiración o ellos mismos representan lo mismo a día de hoy. Si hay una banda políticamente perseverante que haya dejado su marca indeleble, no es otra que Rage Against the Machine.

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En una década controvertida, fruto de una banalización musical nacida a los pies del becerro de oro de Hollywood, que guiaba a los artistas a una mayor deshumanización en su esencia y sus grabaciones, el resultado fue como poco abismalmente opuesto. Pasamos del maquillaje y la sobreproducción del hair metal a la crudeza simplificada y la concienciación social del grunge de Pearl Jam y, quien nos ocupa hoy, el funk metal de Rage Against the Machine. Ellos significaron la muerte de aquellos superficiales años y llevaron al gran público la dureza del mundo real.

Al público ya no le preocupaba el cardado del pelo de sus artistas, si no la profundidad de su mensaje. La gente quería sudor y una pequeña dosis de brutalidad. Con ello se devolvió a la escena musical la naturalidad necesaria, el toque humano que diferencia la música auténtica de la reproducción automatizada. En el mismo proceso de grabación de este álbum se ejemplifica este proceder, con público cercano durante el mismo que aligerara las tensiones propias de un trabajo debut. Los temas destilan esa espontaneidad, transmiten una fluidez agresiva que, a través de los riffs de Tom Morello y el groove de Wilk y Commerford, asienta la plataforma perfecta para la recepción de las lacerantes rimas de de la Rocha, como en la omnipresente Killing in the Name.

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Más allá de su mensaje incendiario, que es la piedra filosofal de la banda, hay un trasfondo musical de peso. La mezcla entre el metal, el hard rock, el funk, en un conjunto consistente hace de su aportación instrumental una de las más novedosas de los años 90. La asociación entre los tres instrumentistas se basa en líneas directas como en Bombtrack o Take the Power Back, la fuerza de los riffs más pesados de Know Your Enemy y la inercia creativa de los efectos de Morello en Bullet in the Head o Fistful of Steel. Esta afición por la renovación del sonido de la guitarra vería su culmen en álbumes consiguientes como The Battle of Los Angeles (1999), encontrando en su debut un sonido más común en solos como Settle for Nothing, pero sale aquí ya a relucir ese interés reformador que, en ocasiones, resta constancia a los temas y excede la creatividad hasta que se convierte en sentido por sí misma y no en el propósito de la canción.

Todos sus factores característicos convergen en cada tema, dando un puñado de diez temas que suplen la falta de melodías en la voz con unos desarrollos constantes en su variación y, siempre, directos al aburguesamiento social, tanto líricamente como en la emoción musical. Las líneas de Zack de la Rocha disfrutan de una musicalidad rítmica. Como colaboración en Know Your Enemy aparece la voz de Maynard James Keenan, cantante de Tool, quien aporta la única melodía vocal de todo el álbum. De la Rocha no atienden a armonías o sonoridades de ningún modo clásicas, pero la cadencia a la hora de ejecutar sus ideológicos versos desborda un feeling acompasado que casa a la perfección con sus camaradas de batalla. Es un factor importante el hecho de que se grabara en directo, con los cuatro músicos uno frente a otro, sintiendo la interpretación de los demás, que te inspira y te imbuye en la actuación, y eso brilla en una grabación.

Si algo he podido comprobar recientemente es que aunque graben Los Caños en los Sound City Studios va a salir, por lo menos, un sonido espectacular. La frescura, el desgarro conciso, la contundencia y la cercanía del sonido son un aporte inigualable de aquel lugar, ya difunto. El álbum cuenta con una producción simple, un disparo preciso en el que la interpretación del momento acarrea la mayor parte del resultado, con algún overdub en las voces que aumente la agresividad de sus líneas, al igual que con las guitarras, pero el auténtico trabajo se encuentra antes de llegar a la consola de grabación.

La influencia de la banda sobrepasa lo musical, dada su luchadora naturaleza. Son aquellos que lograron cerrar durante una mañana Wall Street, uno de los pocos que logró darle un sentido y una seriedad al rap metal que luego vejarían infinidad de bandas, desde los infames Limp Bizkit hasta P.O.D., todos ellos hijos de la moda que nacería de la creación original y, por lo tanto, no pudiera pasar de vacuo e insustancial. En su día la recepción crítica fue apabullante, una acogida sobresaliente que a día de hoy se mantiene intacta en una banda singular e inusitada, con cientos de imitadores que no logran captar la esencia que los separa del resto y les permite ocupar su lugar en la historia del rock y el reconocimiento de la agitación social que expresa la imagen de Thích Quảng Đức en la portada del que sería el primero de cuatro manifiestos envueltos en llamas, ritmos, notas y versos.

  • Fue grabado por:

Garth Richardson y RATM (producción)
Zack de la Rocha (voz)
Tom Morello (guitarra)
Tim Commerford (bajo, coros)
Brad Wilk (batería, percusión)        

  • Lanzado por:

Epic el 3 de noviembre de 1992

  • Grabación:

abril a mayo de 1992 en Sound City, Scream Studios e Industrial Records, Los Ángeles (EE.UU.)

  • Duración:

52:52

No soy de los que piensa que la música deba ser política. Creo fervientemente que el arte y, sobre todo la música, se eleva por encima de cualquier preocupación o cuestión humana. Pero su poder como herramienta de difusión social es incuestionable y, quizás tal y como de despedaza el mundo que nos rodea ahora mismo, el mensaje de esta banda se mantenga tan imperecedero y actual como hace veinte años. Estos álbumes son el cóctel molotov propio y necesario, el mejor del que podemos hacer uso cuando la soga sigue apretando y apretando, cuando ahogarse y sentir el último aliento deslizarse de nuestros labios es el mejor final imaginable. Nos abren los ojos y nos sitúan en el sentimiento adecuado.

Aunque su valor político-social sea el primordial y lo que ha mantenido su eco con el paso de los años, la consistencia de esta banda en un ejercicio fantástico de conjunción, su innovadora mezcla de géneros dispares y sus canciones hacen que sigan presentes por su calidad puramente musical; porque no son una guerrilla ni un partido político, al fin y al cabo son un grupo de rock.

José Roa
José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.

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