La historia del rock sobre cuatro ruedas

Hacia el horizonte se extiende la carretera, desierta. El ardiente asfalto desfigura el paisaje en una cicatriz que recorre la faz resquebrajada de lo que alguna vez fue naturaleza. La luz del sol desvela el silencio de la soledad en la que el blanco y el negro guían los pasos del caminante a toda velocidad. A lo lejos retumban los tambores y se vislumbra una figura surcando el artificial sendero que tantos otros han recorrido.

Las notas de la música evocan al conductor lo que el vehículo inspiró en su composición: la rebeldía de los hijos de nadie, la libertad que nunca fue permitida. Desde la creación del primer automóvil y su popularización a comienzos del siglo XX, el coche ha sido objeto de devoción e icono de la cultura moderna; como cabe esperar, esto se ha reflejado en la música de varias generaciones.

Aunque varios géneros se hicieran eco del invento que revolucionó la movilidad de la gente, desde el R&B de Lee Dorsey en ‘My Old Car’ hasta el blues de K.C. Douglas en ‘Mercury Blues’, ninguno ha sabido hacer rugir los motores como el rock n’ roll. El Cadillac rosa de aquella desconocida chica a la que Elvis cantaba en ‘Baby Let’s Play House’ en el año 1955 marca una aventura en la que el rock n’ roll viaja de motel en motel al volante, una relación entre música, sexo y coches que quedaría impregnada en la genética del género: sucio, lascivo y liberador.

Una sonata para el que no puede oír, un grito hacia el cielo en la desolada llanura del desierto. Meter primera y pisar el acelerador para dejar atrás el punto de partida, ya un recuerdo en camino de convertirse en olvido. Sube el volumen y se calla el universo, también sordo, para que al llegar a su destino las voces dejen de susurrarle de canción en canción.

Son muchos los ejemplos de canciones que se han convertido en himnos clásicos de carretera. No pueden faltar ‘Born to be Wild’ de Steppenwolf, un himno a la libertad al volante; ‘Highway Star’ de Deep Purple, donde el coche hace las veces de pareja en una relación de amor verdadero; ‘Low Rider’ de War, en una oda al lowrider y el estilo de vida que su cultura genera; ‘Radar Love’ de los holandeses Golden Earring o ‘I’m In Love With My Car’ de Queen tampoco olvidan que detrás del volante se encuentra su verdadera pasión. Otras bandas no lo han utilizado para exaltar el mito de la conducción, sino como un elemento primordial en el desarrollo de sus historias líricas. Sin coches no habríamos conocido al perturbado autoestopista psicópata del ‘Riders on the Storm’ de The Doors.

Muchas veces, la relación música/coche no acaba solo en la temática de sus letras, sino que se convierte en una parte más del proceso de los artistas. Cada vez que Metallica termina de grabar un álbum, James Hetfield y Lars Ulrich lo sacan a pasear en coche, donde realmente suena el rock. El mismo ejemplo encontramos en Pearl Jam. Eddie Vedder solo confía en un viejo Lincoln para escuchar cualquiera que sea el álbum, antes de que nadie más pueda. Porque el coche tiene esa magia, esa arquitectura robusta que guía el sonido a través del metal de la carrocería y el cuero de los asientos.

Como los protagonistas del ‘One Piece at a Time’ de Johnny Cash, en su alegórico Frankenstein convertido en Cadillac, Brian Wilson también habría hecho lo necesario por hacerse con el preciado monstruo de cuatro ruedas. Casado con una antigua vendedora de coches, Melinda Ledbetter, el antiguo Beach Boy reúne entre sus obsesiones los coches, medio para el que componía compulsivamente. Hay que tener en cuenta que el formato de entonces era mono y el coche podría ser su dorada representación. Así nacería ‘Little Deuce Coupe’ (Capitol Records, 1963) de The Beach Boys, dejando que las olas y el surf sean sustituidas por la arena de la carretera y los pistones del motor.

A medida que las distancias se hacen más cortas, el sonido de los altavoces se torna oscuro, acechante, entre árboles de los que cuelga una soga asesina, un rojizo cielo que amenaza con desplomarse y la voz de Dios resonando entre la niebla de la radio. Pero, al final, lo único que importa es que ya ha llegado a casa.
José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.