El Columpio Asesino (Joy, Madrid) 18.01.13

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El Columpio Asesino (Joy, Madrid) 18.01.13

El Columpio Asesino (Joy, Madrid) 18.01.13Le llamaban rock, o punk, o indie, ya no lo recuerdo ni lo sabría diferenciar aunque se encontrara delante de mis narices. Cada uno entraba en la teatral Joy Eslava buscando un pedacito distinto, reclamado por un sinfín de ecos diferentes que recaían en un juego peligroso por el que apuesta El Columpio Asesino.

Frente a una sala a reventar, los temas de la banda no encontraron enemigo alguno. Desde Ye Ye Yee hasta Edad Legal, las claustrofóbicas atmósferas de sus temas engulleron a una sala cuyo éxtasis evolucionaba “in crescendo”. Serán manías mías o quizás atisbe algo de lucidez verídica, pero parece que esta escena independiente nuestra, que tanto se atesora como se desprecia, tiene ya algún que otro tic. Estos dejes, que han marcado una clara tendencia, comienzan a parecer repetitivos: la predominancia del ambiente sobre la musicalidad (con influencias de la electrónica y el peyote), la desgana en la intensidad de las voces, son costumbres que se han asentado demasiado, cohibiendo la importantísima función que la innovación conlleva.

Empiezo a sentir ya los clavos rasgando las palmas de mis manos y seguro que más de un acérrimo seguidor querrá ser el artífice de esta tortura, pero hay que mirar más allá de la presencia. Al igual que un trampantojo en una fachada madrileña, los hipnóticos ruidos machacones o las poses de portada dan una sugerente imagen de algo que no es del todo cierto. Como víctima propiciatoria, una de las voces de la banda, Cristina Martínez. Vocalmente, pese a aquellos dejes que mencionaba anteriormente, sus armonías y su ejecución daban una nota distinta a la noche, pero no se puede opinar lo mismo de sus dotes a la guitarra. Mucho estilo, mucho golpe de hombro al dar un acorde mientras guiña un ojo, pero su capacidad a las seis cuerdas se reduce a eso, a aparentar. Más de una vez se la podía ver recorriendo el mástil entre acordes sin tocar, dando una sensación de confusión importante. Para el resto de sus compañeros, aprobado medio-alto. La exagerada simpleza de sus temas toca cada progresión conocida, acompañada por unos ritmos primitivos, a medio camino entre el pop y el noise rock o el punk. Muy efectivos sin lugar a dudas, congregando a todo el público en su comedido viaje astral, pero hay factores que quedan muy desatendidos.

A pesar de mis incesantes críticas, he de decir que el público de la banda perdía la cabeza a cada tema, llegando al culmen en su hit Toro, donde ya la sala se encontraba absolutamente rendida a sus pies. Hicieron que sonara bien, cosa que allí no siempre sucede, con un nivel comedido en su justo lugar acústicamente, pero tampoco lo forzaron, haciendo que incluso los momentos de mayor potencia quedaran en un intento de superación fallido. ¿Dónde queda la fuerza?, ¿dónde está la diversidad, la versatilidad del músico? Relegadas a un segundo plano, perdiendo la batalla contra una creación que sí, crea ambientes y los hace muy bien, pero no emociona porque ello proviene de una profundidad musical de la que carecen. Uno de sus puntos fuertes y característicos es la sensualidad de la que se impregnan, pero resulta inocente tratando de ser sucia al dejar todo el peso en las letras y transmitiendo muy pobremente erotismo que te deja frío.

Es probable que yo, personalmente, no haya conectado con esta banda como, por el contrario, otros tantos hicieron, pero hay detalles objetivos que aquella noche no me pudieron convencer. Tocaron lo que debieron, cerraron su 100º concierto de gira y se fueron, sin sellar en mi conciencia más que una impresión de levedad que no logró calar muy hondo.

José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.

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