Donde el pasado año hubo calcetín blanco este lo hubo negro, como el futuro, y donde hubo banda no quedó más que guitarra. Damien Jurado aparecía en su cita anual con Madrid. La ciudad sigue siendo la misma. Más sucia, más pobre, más fría y oxidada pero Madrid al fin y al cabo. El Teatro Lara se cambió por el del Arte, clavado entre callejones de Atocha con ese aire a VIP que da la oscuridad calmada, la silla aterciopelada y el suelo de madera.

Quien no tenga historial en directo con el de Seattle, podría caer en el engaño de su aspecto huraño y serenidad tenebrosa. El roto del calcetín, sus largas conversaciones y la facilidad para bromear con todo hacen cambiar de idea con el paso de los minutos. El que buscase un Jurado con el aura de líder folk que vimos en Lara saldría defraudado. Las imágenes sonoras que pone en sus últimos trabajos quedaron en Estados Unidos. A cambio pudimos ver las canciones en su nacimiento, frescas, vírgenes de los efectos y toques que rebuscan entre la psicodelia para cautivar en sus últimos álbumes.

Así pudimos escuchar lo que espera con ‘Brothers and Sisters of the Eternal Son‘; una continuación a ‘Maraqopa‘ con una incontable lista de canciones muy disfrutables. La noche no fue otra cosa que una obra de teatro que fue de lo musical al monólogo y de ahí al diálogo. Con sus cosas a favor y en contra. De una tirada de canciones  sin mueca a efervescencia cargada de anécdotas y preguntas del público que traspasaron el concepto de concierto. El estadounidense sabe mostrarse como buen orador, entre dramático y cómico, irónico y abierto. Damien Jurado tiene muchas caras y todas son satisfactorias. Toca esperar si el nuevo álbum cumple con lo escuchado. Pinta bien.

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