Bob Dylan | Tempest

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Si esta se tratara de una crítica sobre una recopilación de relatos poéticos, seguramente la dirección que tomaría a continuación sería más positiva. Pero al igual que pasó con aquel cuasi desastre entre Metallica y Lou Reed, su artífice Bob Dylan deriva en este, que se dice pronto, trigésimo quinto álbum de estudio entre lo juglaresco, el hilo musical de ascensor y el rescate de raíces tradicionales del cantautor de un modo prudente como poco, tímido siendo correctos y musicalmente cercano al hastío siendo honestos.

Otros medios se han hecho eco de este trabajo en un torbellino servil y adulador más centrado en la figura del artista que en la calidad de este disco en concreto. Con Tempest (2012) vuelve un Dylan de 71 años con muchas historias pero poca novedad musical. Siguiendo el estilo de su carrera como cantautor, la música siempre pasa a un segundo plano como apoyo de una narración o poesía que la voz transmite. Bien, hasta aquí la clase de historia; siendo cierto que desde su salida a la fama ha estado acompañado en gran medida por una banda, la composición de la que esta disfrutaba era más rica, tanto en matices como en estructura general. Pocas son las canciones que posean un estribillo en la acepción estricta de la palabra, como el nostálgico jazz de Duquesne Whistle que, por casualidad o no, es el único corte que no ha sido compuesto enteramente por él, colaborando en co-autoría con Robert Hunter. El resto de temas comparte más su estructura con la literatura clásica que con la música, sustituyendo estrofa/estribillo por introducción, nudo y desenlace.

Dadas estas circunstancias, poco lucimiento se puede esperar por parte de la instrumentación y escaso, de hecho, acaba siendo el resultado. En un cansino ejercicio de repetición constante, desde los temas más rápidos como el blues de Narrow Way hasta los más pausados como Early Roman Kings, que destaca por lo trillado de su estereotipada visión del blues tradicional. Con esto no hay que interpretar que la música sea mala, simplemente no es nueva. Si silencias la voz, el resto sirve como plantilla a cualquier lección básica del estilo. Algún tímido atisbo de arreglos se cuela de cuando en cuando, pero de una manera tan insustancial en el resultado que no altera la sensación general de desgastada uniformidad. Por lo general es espeso, pero llegados al punto del tema homónimo, Tempest, un irish folk con casi 14 minutos de duración y la constante reiteración de los mismos cuatro compases, por muy interesante que sea la narración, es difícil no desconectar en su pesadez.

Como narrador, o más bien como escritor, destaca en su soltura, sus juegos de palabras y su habilidad para dotarlas de ritmo y musicalidad; como escritor, como narrador afloran ciertas deficiencias. En un estilo como por el que se decanta este trabajo, su interpretación queda aun más a medio camino entre el relato y la canción. Siendo un pionero en la falta de calidad vocal en las bandas de música popular, la cuesta irremediablemente es en descenso, por no decir caída libre. El notorio desgaste de su voz se hace vigente a lo largo del álbum, llegando a cotas ininteligibles como en el primer verso de Pay In Blood, convirtiendo la convencional sonoridad en un berrido desconcertante en un trabajo musical; poco hay salvable en su actual faceta como cantante, si es que alguna vez la hubo, porque aunque su desgarro sea interesante en un principio, puede terminar siendo desagradable. Sin embargo, la cruda oscuridad de las letras rescata su figura en casi su totalidad. Mantiene su aparente obviedad lírica, esa que oculta a plena luz infinidad de interpretaciones y dobles sentidos en el fluido bailar de sus palabras. Con un reverso lúgubre y violento, habla del hundimiento del Titanic, referencias al film de James Cameron incluidas, en Tempest, el fracaso marital en Long and Wasted Years o incluso un tributo en honor a John Lennon en el corte final, Roll On John.

Es una leyenda musical y esto implica que muchos sientan la imperiosa necesidad de lapidar al que se atreva a hablar así del mito. Pero si algo es existencialmente cierto es que el pasado quedó atrás y quedó con todas sus consecuencias. Mientras su brillantez sigue intacta en el apartado lírico, por lo demás pierde parte de su ardor creativo; se nota la comodidad del artista en este álbum, pero al plasmar todo su carácter en las letras, la música queda irremediablemente desamparada, abandonada a su suerte en un campo donde no sobran los tréboles.

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José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.

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