Músicos al servicio del marketing

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Si la semana pasada el mecenazgo estaba en el punto de mira, hoy observo atentamente los movimientos de su hermano pequeño, la publicidad. El mecenas busca sustentar al artista por el placer de formar parte de un proceso como es el de la creación, incluso se puede justificar a los que hoy buscan ahorros fiscales, ya que su autoridad sobre la obra es casi nula. Pero la empresa que opta, no por financiar, sino por incluir el arte como parte de su línea de maniobra comercial, es donde empieza a oler a podredumbre.

Todos hemos visto alguna vez el típico y vergonzoso momento en el que el videoclip de cierto artista se torna en un tenderete publicitario. Fall Out Boy lo hacía en cada uno de sus videoclips, Avril Lavigne en el más lamentable de los espectáculos del ridículo, hasta en los 80’ bandas como Autograph sucumbieron bajo el peso del dinero que marcas como Nokia o Sony les han ofrecido. [inlinetweet prefix=”” tweeter=”” suffix=””]Esto es lo que se llama “product placement” o pisotear el arte[/inlinetweet].

En publicidad, la música es un instrumento para inculcar por contagio, una herramienta de manipulación comercial que desvirtúa el significado de la música. Una lata de Coca-Cola no es nada, es un trozo de aluminio con jarabe en su interior… pero, añadiendo la melodía adecuada, ese objeto representa la felicidad, la alegría, las ganas de vivir; sin embargo, sigue siendo una lata inerte, la canción que la viste es la que posee esas cualidades y estas se asocian al producto a vender. No te descubro nada, seguramente, pero que asco me da este tipo de prostitución. La ha hecho Bob Dylan, la ha hecho Wilco, ¡la han hecho hasta los Sex Pistols y Lemmy! Ha muerto la fe.

Otros muchos artistas optan por que una marca de instrumentos los patrocine, así consiguen todo el equipo que puedan necesitar. Controlada y sin abusos, este tipo de alianza puede ser tan correcta como besar a tu hijo antes de acostarle. ¿Por qué? Porque no utiliza -en la peor connotación de la palabra- al artista como vía de promoción, asociando algo tan elevado y sublime como la música al avaricioso marketing. El músico no tiene que desembolsar ingentes cantidades de dinero para equipo y la única publicidad que consigue la marca es el sonido que el artista saque de él; publicidad meritoria, no manipuladora.

No puedes colar publicidad mientras tratas de representar independencia artística. Vendes tu alma y, sí, harás bastante más dinero, pero, ¿en qué lugar te deja eso? Sería equiparable a la publicidad subliminal, tan nociva y que tantos intentos ha habido de contrarrestarla. El problema es conceptual, el equiparar dos procesos en los que, claramente, sale perdiendo la publicidad: por creatividad, por técnica y, sobre todo, por moralidad. ¿”Una publicidad veraz, legal, honesta y leal”? Espero no morir antes de ver eso cumplido.

“Eres un hippie, acepta el mundo en el que vives”. Ya oigo a la muchedumbre. Pues si crees que arte y mercado comparten un lugar semejante, estás equivocado. [inlinetweet prefix=”” tweeter=”” suffix=””]Por supuesto que hay que vender discos y entradas para vivir de la música, pero… ¿convertirte en un plan de marketing?[/inlinetweet] Porque, cuando entra la marca, no te engañes, buscan la tajada que puedan sacar del músico. No buscan lo artísticamente brillante, sino lo comercialmente viable. Así que, ¿libertad? Olvídate de ella.

José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.

3 Comentarios

  1. No se de que se quejan si el mundo gira alrededor del dinero, cualquier cosa y la gente hoy en dia va a ser ambiciosa quieran o no, asi se ganan la vida quien puede 🙂

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