Optimus Primavera Sound (Parque Da Cidade, Porto) 7,8y9.6.12

Comienzo rápido para horas y horas de viaje sobre coche cruzando campos de Castilla y recordando versos de Machado en los que no aparecían bares de carretera, autovías con peajes de locura o camioneros portugueses que toman muy en serio The King of the Road. Del aire de mechero de la estepa pasando Salamanca a los verdes paisajes de un Oporto decadente y precioso. Buen sitio para ver conciertos. Acierto. Y es que el recinto Parque da Cidade se erige como un lugar clave al lado del bravucón Atlántico en el que parece que siempre se esperó el desembarco del carguero internacional del Primavera Sound.

Del estreno del festival toca quedarse con el directo de The Drums porque, pese a que aún le falta fuelle, va consiguiendo convencer e incluso la voz de Jonathan Pierce va pareciéndose a la de los álbumes. Ya no son únicamente actitud y moda de calcetín blanco. Suede llegaron a la cita como una de las bandas que parecía pasar desapercibida para los asistentes pero Brett Anderson demuestra en cada directo que es el hombre más en forma junto a Jarvis Coker de todo aquel brit pop con su ajetreo sobre el escenario. Pat Sansone de Wilco andaba por allí viendo los movimientos de Anderson. Después aparecieron Mercury Rev con la matrícula de ser uno de esos grupos a los que hay que ver porque son parte de la historia y todo eso, como decía Holden, pero tostón fue la palabra que mejor resumiría aquello. Sonidos pregrabados y una propuesta que poco tiene que decir. La gente aplaudía, no sé si por mi mal gusto o por la efusividad que desataba el saber de que quedaba una canción menos. The Rapture eran el punto fuerte de la noche y así actuaron. Es fácil con In the Grace of Your Love bajo el brazo.

El que se presentaba como el mejor día de conciertos llegó bajo un cielo que avisaba lo que estaba por llegar. La jornada empezó tarde entre resacas de respetable cerveza lusa y partidos de antifútbol que obligaban a apagar televisores, momento justo para llegar a ver a una de esas bandas que ni tienen culto ni legión de fans repentinos pero que llevan una propuesta preciosa. En cuatro años dos álbumes y un EP han bastado para conformar un sonido que solo suena a The War On Drugs. Como un Dylan pasado de rosca acompañado de unos The Band que vienen de pasar unas vacaciones junto a Syd Barrett. Liderados por un Adam Granduciel sacado de un estercolero, aparecieron en uno de los escenarios más pequeños del festival, de donde nunca deberían moverse. Su puesta en escena es para degustar en lugares así. De lo mejor de toda la  programación. Media hora antes estaban por allí Yo La Tengo. Sería bonito decir que les tengo como uno de esos grupos de culto que me fascinan. Sería bonito y falso.

The Flaming Lips aparecieron a eso de las 21.30 con el mismo show de siempre por lo que pronto la llamada de lo salvaje entró con demasiada facilidad en el que escribe y tocó ir a otros labios, los de Black Lips. Cuando uno ve a los de Atlanta por primera vez, sabe que no será la última. No puede ser la última. Tirando de todo el repertorio cazurro y brillante alegraron la noche a las hordas fieles al sermón de Bad Kids. Mujeres subieron al escenario junto a los estadounidenses unidos por algo más que la música y se dedicaron a tirar papel higiénico al público en un directo divertido y lleno de sudor. Hacía frío.

Al poco entraron en acción Wilco. Wilco, Wilco y mil veces Wilco. Lo mejor de la noche y la mejor actuación de todo el festival. Como un recorte de Iniesta, como un triple de Navarro, como una mordida de Nadal, como una frase de Millás. Uno nunca se cansa del triunfo de la música, de los movimientos de cabeza de Jeff Tweedy al cantar, de los espasmos de Nels Cline, del semblante de John Stirratt, del jazz loco de Glenn Kotche, de ese reciente himno llamado The Art of Almost creado para comenzar un show emblemático, de las sorpresas que aguardan versiones como la que se sacaron de su propia obra maestra Spiders (Kidsmoke). Supo a poco. Incluso 10 horas saben a poco. Onanismo en letras cada vez que veo a los de Chicago.

Para continuar con la estela toco el turno a The Walkmen y la figura de su líder Hamilton Leithauser, un tipo al que no me gustaría encontrarme cabreado que contrasta su figura de jugador NBA con la elegancia del que se obsesiona con Mad Men. Concierto limpio en el que se demostraron cualidades pero dejaron entrever falta de ritmo en partes del concierto.

M83 apareció como una horterada sin límites en busca de la electrónica agobiante y el irremediable tufo a estadio que supuso una de las propuestas que mayor público acogió. Luces, artificio y músicos que llevaban su show a una sobreactuación al puro estilo Johnny Deep. Un guitarra con evidentes tics espinales o un Anthony González con una efusividad que no convencía bajo un halo de luces bien llevadas. La mejor puesta, carente de naturalidad. Cuando faltaba un cuarto de hora para el final del directo sonó Midnight city. Mientras el señor del saxo se ganaba un sueldo que esperamos que no sea por horas, González lanzaba sus arengas al público corriendo de un lado a otro como sacado de la fábrica de los frontmen felices de Chris Martin. Con las notas finales del superéxito, una desbandada brutal tomó camino en busca de taxis. Quedaba concierto pero ya tenían su píldora.

El sábado esperaba una buena tanda de grupos que se movían entre las dudas por una de esas lluvias que alfileres que no paran ante un cielo completamente blanco. Hubiera sido buena idea ropa de abrigo y alguna capucha pero el centralismo madrileño vuelve a uno ignorante y poco precavido.  Ante una selección portuguesa que poco tiene que decir, las ganas de festival aumentaban. Aquellos periodistas sumergidos en la zona de prensa viendo la inutilidad del fútbol de sus representantes me llevaron a tiempos de Clemente, Sáez, raulismos, carros y carretas. Al mal fútbol, buenos conciertos. Y es que pese a las inclemencias, los problemas del escenario principal y el bonito césped que dejó paso al barro no detuvieron a The Right Ons. Apoyados en una esquina elevaron esa manera de entender el rock a quien se atrevió a seguir la actitud. Death Cab For Cutie pensaron que no las condiciones no eran las necesarias y que se estaba mejor calentito. Aquel parque de 83 hectáreas pasó de Primavera Sound a sucursal de Glastonbury en cuestión de horas.

Ante la falta de interés por ver a un James Ferraro que se lo dejamos a los que más saben de música, la siguiente estación era la coincidencia en el horario de Lee Ranaldo y The Weeknd. Por ese mismo orden tocó acercarse a uno y otro. Lástima. Mientras Ranaldo sigue demostrando carácter y calidad tras un álbum muy respetable con un directo más que digno, The Weeknd apareció como un fenómeno exagerado y aburrido. Entre una Motown mal llevada y un James Blake en horas bajas. No coló.

Una hora después la lluvia había dejado de cebarse con el festival y tocaba ver a unos Kings of Convenience que demoraron su salida y encima se pusieron exquisitos. Buscaron un concierto en acústico en el escenario más grande de todo el festival, repleto de público y esperando que los otros conciertos parasen para que ellos pudieran lucir sus rasgueos de guitarra garfunkelianas. Tres canciones y pararon más de cinco minutos esperando que un atronador ruido de guitarras macarras que se oía de fondo cesaran.  Eran Wavves. En un festival de estas características uno no está dispuesto a andarse con chorradas así que elegí ese atronador estruendo y dejé a esos reyes subidos con sus guitarras para darme a lo cafre.

Allí no descubrí nada. Wavves son una panda de bastardos adorables que se han sacado un álbum y un EP magistral que animan a cualquiera con ganas de marcha. Insultos constantes al batería –entiendo ahora lo de su anterior visita al Primavera Sound-, actitud silvestre, descaro, guitarras descompensadas y alegría. Bien por ellos y por nosotros.

Como la música de Saint Etienne me dice poco y a Washed Out ya me tocó soportarles en Madrid, el siguiente atractivo con el que finalizar un festival que gracias a la asistencia de público volverá en 2013 fueron The XX, grandes triunfadores de la noche que cumplieron con un directo digno aunque en ocasiones retumbaba de mala manera entre golpes de Jamie XX. Un grupo distinto, con mucho que decir y que mostró nuevas y gustosas armas entre los que esperamos que ese segundo disco al caer justifique su fenómeno.

La cita no dio para mucho más. Y ya era suficiente. Festivales así quiero yo todo el año. Vueltas en coche a países recién intervenidos, partidos de la selección de Iniesta en ciudades fronterizas sin ponchos, revólveres o Clint Eastwoods y con las ganas de que junio de 2013 tarde menos de un año. Toca aguantar vivos otro año.

Redacción #HTM
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