He sentido el paraíso. Es la paz, el encanto y la dulzura. La maravilla del paraíso no es su preciosidad, sino hacerte ver tu genialidad y hacer que lo seas, te hace engranar la sonrisa más plena. El paraíso te entiende, “te entiende” en su máximo brillo, porque el 99% de las veces las palabras son sonidos, no sentimos la plenitud de vocalizar: el paraíso te entiende, le entiendes. El paraíso es cuando después de tanto buscarlo, tus ojos desprenden la luz alegre infinita.

Entonces le miras, te mira, el paraíso te mira como profundo, como si existieras. Le abrazas, te abraza, se funden los espíritus y solo es un ser. El corazón se encoge, toma fuerza, explota en un estampido de energía que desborda todo el cuerpo. La preciosidad del paraíso es que te hace el corazón más grande, crece ilimitadamente e inmune a la circunstancias, te da esa pasión por la belleza de la vida, esa sonrisa llenadora de saborear cada resquicio diario. El paraíso no tiene fronteras para querer, cuidar, valorar, tratar y confiar, porque quiere que le cubras tú con ese valor dentro acumulado. El paraíso es una delicada fuerza maravillosa, un regalo supremo de eterna pureza y naturalidad por el que es imposible dejar de creer y luchar.

Quizás el paraíso esté las nubes, te dirán que no subas o que bajes ya de una vez, pero desde arriba se ve todo mejor.

Me pidieron hacer una crítica del nuevo disco de Sigur Rós, Valtari. Yo lo siento por el lector pero, tal como soy, no puedo atarme a unos convencionalismos, a unos límites para elaborar el texto. Escucho a estos islandeses y salen estas palabras, no se necesitan más. Es tan simple. El paraíso es la música de Sigur Rós. El paraíso es ella.

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