Jane Eyre | Cary Fukunaga

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No descubro nada si digo que los clásicos siempre están de actualidad, se sobreentiende. Sin embargo, cuando utilizo la palabra clásico como adjetivo estoy tachando a una persona o cosa de rancia y pasada de moda. A veces nuestra hipocresía no nos deja decir en alto que somos esclavos de las modas, consolémonos con que aun somos capaces de admirar a los clásicos. Todavía nos leemos Don Quijote de la Mancha, escuchamos a Charlie Parker, vemos Citizen Kane y homenajeamos a actores como Cary Grant (hace treinta años que ha muerto pero sigue siendo el actor con más clase de la historia). Por eso Jane Eyre, escrita hace más de 160 años por Charlotte Brontë, tiene decenas de versiones cinematográficas. De la última se ha encargado Cary Fukunaga, que ya sorprendió al mundo con su ópera prima, Sin nombre.

Traducir al lenguaje de las imágenes un clásico no es una empresa fácil, hacerlo cuando hay tantas versiones anteriores debe ser muy engorroso.  A pesar de todo Fukunaga firma la adaptación de Jane Eyre más gótica que se recuerda, donde las intrigas empequeñecen una historia de amor contada con demasiada sobriedad.

Jane Eyre es educada en un orfanato a golpe de maltrato. Cuando consigue salir de allí es contratada como institutriz por el acomodado Edward Rochester. La sombría mansión donde trabaja esconde un oscuro secreto relacionado con Rochester, del que poco a poco se irá enamorando.

El tempo de la película es perfecto, las escenas se suceden de manera sosegada pero con armonía. No falta ni sobra nada. Incluso el (des)orden de las diferentes partes del filme se me antoja necesario, el presente, el pasado y el futuro se intercalan durante todo el metraje con un lirismo sobrecogedor.

La novela está considerada como la precursora del feminismo. El motivo es su carismática protagonista, sus decisiones, tomadas con personalidad, sus constantes reflexiones respecto al papel de la mujer y su actitud, independiente y altiva. Por todo esto la actriz que interpretara a Jane Eyre debía estar a la altura. El premio gordo le ha tocado a Mia Wasikowska, la Alicia de Tim Burton. La joven actriz carga con el peso de su personaje y no desfallece en el intento. Con una personalidad intachable Wasikowska embellece a Jane Eyre con su expresiva mirada y su voz entre dulce y terca. Aunque le falta erotismo. Para eso está Michael Fassbender, este portentoso actor (cuya cara aparece en varias de las mejores películas del año, véase A Dangerous Method) interpreta a Edward Rochester. Atractivo, elocuente y misterioso. A pesar del traje de época y las enormes patillas, Fassbender no pierde un ápice de esa personalidad que le convierte en el actor del momento.

Los oscuros devenires de la existencia y las adversidades propias de la época envuelven la historia de amor. Bien narrada pero carente de emoción e intensidad. Al menos Fukunaga tiene el buen gusto de recrear un final maravilloso donde nos deja claro que el amor no llega sin sacrificios.

Pedro Moral