This Must Be the Place | Paolo Sorrentino

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Sean Penn es ese poderosísimo actor que es capaz de levantar una película él solito, I Am Sam no vale mucho sin su trabajo. Sean Penn es ese actor que hace llorar hasta cuando interpreta al ser más impresentable del planeta ¿quién no perdonó a Matthew Poncelet en Dead Man Walking? Sean Penn es ese actor que se enfada cuando no le sacan lo suficiente en una película, que le pregunten a Terrence Malick. Sean Penn, y ya acabo, es ese actor que siempre consigue lo que se propone. Cuando en 2008 quedó abrumado por Il Divo, un duro drama político dirigido por Paolo Sorretino, no dudó en rogarle al realizador italiano que contara con él para su próximo proyecto. El resultado se titula This Must Be the Place, una película que a pesar de tener un comienzo soberbio cae irremediablemente y por desgracia en un irritable conjunto de escenas.

El comienzo dramático

El filme promete ser un experimento cinematográfico con reminiscencias del show televisivo The Osbournes. En este caso hay una rockstar depresiva de alma adolescente (con la clara influencia física de Robert Smith) que cuando aparece en pantalla lo llena todo. Cheyenne es el nombre de este excéntrico personaje  con el irreconocible careto de Sean Penn. Sus motivaciones, casi nulas, su camuflada inteligencia y sus extrañas manías le convierten en alguien insólito. La vida (completamente vacía) que Sorrentino le construye en Dublin, llena de lujos y coloreada con variopintos personajes, es adictiva. Pero todo este universo muere cuando el personaje principal debe viajar a Nueva York para acudir al entierro de su padre.

El tortuoso viaje

Este emo de 50 años decide buscar al nazi que una vez humilló a su padre en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Una venganza que, a pesar de la pésima relación con su progenitor, se toma muy a pecho. Para ello tiene que atravesar Estados Unidos. Los tópicos de cualquier road movie se ven trastocados por la personalidad de Cheyenne y su exagerada lentitud corporal, que lamentablemente contagia al ritmo de la película. Los distintos capítulos de su viaje no conectan con un hilo argumental suficientemente sólido para enganchar, sin embargo cada uno de ellos por separado podría ser un cortometraje maravilloso. Por ejemplo su parada en Nuevo México, en cuyo trasfondo se dibuja una bonita metáfora sobre como un excéntrico ser humano cambia la existencia (que no la vida) de una madre soltera y su hijo. “Pasamos de pensar ‘así será nuestra vida’ para pensar que ‘así es la vida’”, bonito enunciado que no arregla un guión que pretende abarcar demasiados géneros.

El clímax erróneo

Las historias secundarias que aparecen al comienzo de la historia sufren una muerte repentina. Como el asunto de la banda de imberbes rockeros llamada The pieces of shit que busca en Cheyenne un productor que les lance. Todo se queda en anécdota mientras la banda sonora se nutre de temazos de un grupo llamado, atentos, The pieces of shit. El hilo musical está orquestada por David Byrne, el señor de pelo blanco que fundó Talking Heads hace además un extraordinario cameo. Más allá de divertidos homenajes es obligatorio mencionar la danza cadavérica que se marca Sean Penn con The Passenger sonando de fondo.

La película finaliza con un clímax inflado de grandeza que Sorrentino rueda con pesadez y con una pretenciosa carga estética. This must be the place posee un comienzo delicioso pero se suicida en los últimos minutos tras vagar por un metraje hinchado. Sin embargo, no puedo dejar de recomendar el visionado de este erróneo pero interesante trabajo cinematográfico en el que Sean Penn realiza su actuación más extravagante.