Simpatia por el idolo de si mismo

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Aquel macuto tocaba el suelo Barcelona tras dos años de idas, venidas y cumplimiento militar en los que la ciudad ya había cambiado en formas y sonido, olvidando el murmullo de un nombre que ya molestaba a finales de los setenta. Dos años en los que Loquillo había vuelto a responder a José María Sanz. No volvería a ocurrir. Desde ese momento El Loco sería Loquillo para siempre. La clase, el carisma, la primera y última actitud del rock, del que ya profetizó que sería estrella. La elegancia por la elegancia, esa que no imagina sin traje negro igual que hace décadas no permitía ver otra cosa que el cuero colgado en sus hombros. La planta de tipo duro, la inteligencia de la calle llevada a los escenarios de la vida cultural. La forma de entender la tierra como un todo donde las únicas líneas son curvas en un cuerpo femenino. Su propio ídolo. Loquillo tanto para los que gustasen de sus contradicciones como para aquellos que juzgan y dicen no tenerlas.

30 años dictando partes de rock en los que su figura aún no ha sido puesta en el trono porque el sillón solo entiende de los que se han marchado. Así, tuvieron que irse tantos otros como los Burning de Toño y Risi o regresar como Los Enemigos para echarles en falta, como cuando todos leemos la obra de aquel autor que se fue, y dar cuenta de que la música por aquí sin ellos era la obra maestra mejor perpetrada desde que se inventaron los recortes de corbata. Tres décadas en las que la mejor evolución es la resistencia y esta no tiene otro significado que el de molestar a todos, por delante de lo marcado, dando pasos en otra esfera alejada del bien y del mal. Cuenten con los dedos que les queden libres del bourbon y el cigarro las estrellas que han sabido adaptar su carrera a la edad entre cantantes que parecen agarrarse a la juventud con el mismo éxito que un guionista lo hace a una serie de adolescentes.

Tras paseos entre poemas que nadie se atrevería a tocar, regresa el rock como el animal que, lejos de lamerse las heridas, se vuelve más fiera con el tiempo. Moviéndose por la vida como siempre sin pedir disculpas. Así no queda otra que aceptar que cuando Loquillo hizo el servicio militar lo hizo más que nadie, que cuando fuma ese cigarro es el mejor cigarro que alguien pueda quemar, que los zapatos que lleve aquel día sean los mejores fabricados jamás, que esos tragos al vaso a nadie le sabrán igual o que Loco solo hay uno y es el mejor posible.

J. Castellanos
Periodista. Formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2014, llegando a ser redactor jefe.

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